viernes, 17 de diciembre de 2010

El pueblo.

El pueblo. Un núcleo pequeño de aguerridos políticos en el borde de la meseta central. El tamaño de la ciudad ideal, ni muchos ni pocos habitantes, los justos. En el renacimiento Florencia aglutinaba un magistral plantel de artistas y mecenas que trabajaban por la excelencia de las bellas artes. En nuestra población y en un número similar, todos querían ser Alcaldes, Concejales o por los menos funcionarios. Nadie, ni un solo habitante se perdía las vibrantes tertulias de los cafés, de la sala de espera del médico o del mismo pleno municipal. Todos los partidos políticos contaban con un importante activo de afiliados.También existía un grupo activo de votantes que según corriera el aire o su estado de ánimo cambiaban de casa común o se creaban la suya propia o cada votación se reiventaban a si mismos. Estos decidían los sucesivos gobiernos y se convertían en los jueces del asunto. 

El clima, continental por supuesto. Bueno, con el cambio climático un poco tropical. Entre otras cosas por que contaba con un poderoso sector demográfico que le encantaba beber. Cuando el Ángel llegó al pueblo lo comento a sus acompañantes. "Me encanta, un pueblo de viejos y borrachos en el que todavía se puede pasear". Los bares se llenaban de hiperactivos ciudadanos que lo mismo se explayaban sobre la física cuántica, que eran expertos economistas tanto en las magnitudes macroeconómicas como en las micro, si es que en estas había magnitudes. Luego podíamos observar al colectivo del arte, músicos, escultores del pelo, tiradores de cañas, calcetistas, dramaturgos y por supuestos los poetas. Los poetas eran una raza a parte, un poderoso foco de atención. "El Ángel caído con las alas de plomo", "chocho de hierro, tu corazón es como una big-bang" perlas como estas formaban parte de la música cotidiana del municipio.

Los olores se entremezclaban cual zoco árabe. Su potencia, proporcional a la empresa colindante que le tocaba contaminar. Según la temporada se pasaba por una paleta de pestilencias químicas a cada cual más sabrosa. Cuando llegaba el olor natural del estiércol constituía un descanso a las sufridas fosas nasales de nuestros habitantes. 

Eso sí, cuando llegaba el veranito, el pueblo se llenaba de numerosas terrazas. La vida cobraba otro ritmo y muchos hacían vida nocturna para olvidarse de los problemas cotidianos. En esos momentos podías caminar de un lado a otro del pueblo, que forzosamente te veías obligado a saludar unas cuarenta veces. Cuando bajabas la mano insultabas para dentro a tu vecino y el saludado en cuestión, tres cuartas de lo mismo. La verdad es que todos nos queríamos muchos. Nacimos así de simpáticos, pero no, no se puede llamar cinismo.

Además, como todas las buenas villas, el destino nos regaló una pequeña comunidad de ricos. A sí, los ricos que buenas personas. Poquitos, pero muy buenos. Especialmente cuando el calendario señalaba algún buen negocio. Entonces se les veía entre los humanos. Pero bueno de ellos, ya hablaremos en otra ocasión.

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