jueves, 16 de diciembre de 2010

La década de las oportunidades

Todos navegaban en riqueza, todos casi millonarios y el ladrillo continuaba dando beneficios. El motor económico lo llamaban. Nuestro personaje cerró una más de sus operaciones lucrativas. Compraba en contrato privado y vendía antes de elevar a público. En medio ganaban los agentes implicados. Los precios se multiplicaban por momentos. Se respiraba un aire plácido, un aire de especulación y los pulmones se dilataban sin miedo.

Aquella mañana todo se pactó, solo faltaba un pequeño detalle. Nuestro amigo debía pasar por su oficina bancaria y preparar seis mil euros en metálico. Ni un euro más, ni un euro menos, la cantidad suficiente que se perdería entre choques de manos y palmaditas en el hombro. Que más daba. si al final todo se multiplicaba por dos o por tres en muy poco tiempo. 

Así era el pueblo de Gonzalvez de la pedaleda. Hoy diez mil habitantes, mañana veinte mil y el plan general de ordenación urbana continuaba sumando. Nuestro personaje preparó el mejor de sus maletines, un maletín de cuero repujado en Ubrique. A las doce de la mañana no tenía nada más que pasar por su oficina bancaria y le tendría preparada su cantidad. Eran otros tiempos y determinadas cantidades debían prepararse con aviso previo.

Aquella mañana paseó pacientemente hasta llegar a la sucursal. Dentro le saludaron como a un campeón. Por un momento parecía que toda el personal le estuviera esperando, hasta el Director le dedicó un guiño cómplice. Después de todo vivíamos un momento de oportunidades y nadie podía perder comba. Los billetes se podían oler, nuevecitos y agrupados se deslizaban entre las manos del oficinista, hasta que llegaron a la cifra mágica, la cifra pactada y tanto el receptor como el emisor se miraron como si estuvieran practicando un rito mágico.

El sol cegó los ojos de nuestro personaje. Fue poco antes de que un BMW  se parara delante de sus narices y un grupo de albano kosovares le proporcionara una pequeña paliza de segundos. Piernas y puñetazos le golpearon al unísono hasta que soltó aquel maletín, que en un suspiro rodó vació sobre el asfalto.

Restó un suspiro para que utilizara su móvil y consiguiera hablar con la comisaria más cercana.

- Me acaban de robar seis mil euros. Si se dan prisa y cierran la salida del pueblo pueden coger a los ladrones.
- Si, no se preocupe enseguida le pongo con el sargento y se lo cuenta.

En cuestión de segundos se levantó. Limpió el polvo de sus pantalones y respiró hondo. En ese momento se acordó de la madre del empleado de la oficina o del cabrón de la inmobiliaria que le jugó la pasada. Por un momento maldijo la famosa decada de las oportunidades.

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