jueves, 2 de diciembre de 2010

La huida.

El político, la política o los dos a la vez, salieron de aquella casa. El, ella o ello no quisieron mirar hacía atrás. Aquellos encuentros cada vez dolían más en el alma, en lo más profundo de su ser. Como un equilibrista perfecto meditó lo que los suyos debían saber y lo que permanecería oculto a todos. Unos lo llaman "vicios ocultos" otros públicas virtudes " los más "aquello que nos vuelve locos". Nuestro particular personaje lo consideraba su pequeño jardín de las delicias. Aún así se sentía culpable:  ¿Sí lo descubrieran? ¿Si le grabaran en una posición comprometida?, ¿Cómo reaccionaría la opinión pública?, ¿Qué sería de su futuro como representante público?.

Envuelto entre la culpa y el placer, pensó que la vida, su vida, la vida pública, es una historia de dominadores y sumisos, de esclavos y señores. Como autoridad podía mandar, castigar, dictar leyes pero como persona se veía abocada, subyugada, destinada a volver con cierta rutina a aquella casa, a los brazos de esa bestia. No se podía llamar de otra forma aquel monstruo que con una mano destrozaba y con la otra levantaba del suelo todo deseo, toda esperanza, todos los sentidos, hasta el umbral entre la humillación y el éxtasis. De un golpe seco, como si con él, el mundo hubiera dejado de existir. 

El día se mostraba opaco y plomizo. En unos minutos probablemente llovería, el tiempo suficiente de cerrar los botones de su abrigo y utilizar su paraguas.  Las aceras se poblaban de hojas caídas. El otoño regalaba los últimos vestigios de todo su esplendor. Los árboles todavía se multiplicaban en tonos ocres, amarillos y naranjas. Por un momento aquel pueblo olía a paz.  Nuestro protagonista andaba deprisa, como si fuera una figura que escapara del marco de un cuadro impresionista. "La muerte del otoño" podría llamarse y quizás lo pintase un hijo bastardo de Cezanne, desconocido para los historiadores.

Lo cierto es que cuando dobló una esquina, no pudo intuir como un desconocido dentro de un coche aparcado, le capturaba dentro de su máquina de fotos digital. El individuo esbozó una sonrisa triunfal y puso en marcha el vehículo.

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