Detrás de todo político hay una gran mujer. La futura primera dama proyectaba su imagen en el espejo.No sabía si su lozanía, su figura esbelta, el rictus de sus labios o simplemente su sencillez,le habían empujado, proyectado a los brazos del futuro mandamás del municipio. Después de todo, aquel pueblo sufrió el peor muestrario de dirigentes que los vecinos podían soportar. Amantes de lo ajeno, aventureros de la especulación, traidores programáticos, esforzados publicitarios. Nadie importante, nadie con la suficiente relevancia como para pasar a la historia. ¿Por qué su hombre no podría ser uno de los elegidos?
Mientras alisaba sus largos cabellos pensaba en todo aquello que no pudo disfrutar de niña. Los tiempos cambiaban a toda velocidad. ¿Quién podía imaginar las ventajas que pueden aportar un visa oro? La de vestidos, faldas, calzado que podría comprar a partir de ya. ¿Cual de todas sus amigas, le reprocharía algo una vez en el poder?¿Quién....? Una larga de fila de pelotas dorándole la píldora, aclamándola como si fuera una pop star. Podía oír los aplausos, sentir los aplausos. Sería divina, una acompañante fuera de serie, la créme de la créme.
Nadie podía poner en duda lo acertado de su elección. Después de todo conocerle fue fácil. No tuvo más que encontrarle en un acto público, hacer un apartado, llevar muy lentamente sus labios a su oído y regalarle con las palabras que el hombre esperaba oír toda su vida. Le atacó de frente, sin concesiones, de forma cruda y directa. A los dos días descansaba en sus brazos y se fraguaba una de las parejas que revolucionaría la vida de nuestros lectores. Aunque eso lo contaremos en un capítulo posterior.
De repente, en el fondo de su cerebro se encendió una pequeña alarma. ¿Puedo permanecer impasible ante la imparable ascensión de mi amado? De un golpe se agruparon millones de ideas, proyectos, pactos de gobernabilidad, ceremonias fastuosas, eventos que se recordarían por los tiempos de los tiempos. Él y ella abrazados. Él y ella pisando fuerte sobre el suelo del poder, bailando un vals eterno por los pasillos del poder. Él y ella.
Un momento, el lápiz de labios se cayó de sus manos. Él y ella o ella y él. Un vals eterno, ¿Dónde pondrá eso en mi futuro contrato? Contó de forma rápida la diferencia de edades y evaluó aquello que hacía un segundo se le escapaba de sus devaneos. La fidelidad.
¡Qué tesoro tan escaso la fidelidad!
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