martes, 28 de diciembre de 2010

Los Fontaneros.

George Bush en su campaña política habló de Joe el fontanero. Mediante el individuo, el Presidente de Estados Unidos pretendía ofrecer una imagen cercana a los profesionales o autónomos del republicanismo. Aún puedo recordar a aquel tipo aparentemente simpático refrendando al belicista presidente.Pero no es de este tipo de fontaneros de los que vamos a hablar en estas páginas.

Gonzalvez de la pedaleda en muy poco tiempo se transformó en uno de los pueblos más corruptos de la península. No se trataba de izquierdas o derechas, ni de conservadores o progresistas, ni de libertarios o liberales, se trataba de una casta de personajes políticos que nunca perdían comba, que las siglas de sus partidos les importaban un comino y que no dudaban ni un momento en cambiar sus afiliaciones o su voto según que el caudal del dinero corriera para una u otra orilla del río público. No se cortaban: "A río revuelto ganancias de pescadores". En esos menesteres tan lucrativos se encontraron que los supuestos fiscalizadores del erario público no ganaban para sustos. Un juez llegó a decir en una cena privada: "Sí empiezo por Gonzalvez no queda sin trajes a rayas ni el Conserje del Ayuntamiento". ¿Sería verdad? Se preguntaba una población entre consternada y alucinada por el morro de sus representantes públicos.

La opinión pública quería saber. Que es lo mismo que decir que vivía su particular visión de la justicia. No le importaba sobremanera lo que le robaban. Lo que quería conocer era quién era quién en cada momento y a quien pillarían en la falsedad más escandalosa. Entre el cotilleo y el dedo acusador de la reprobación se movía el particular castigo que querían para sus políticos deshonestos.

Dado que el poder legislativo, el ejecutivo y el judicial fallaban de una forma tan escandalosa. Comenzaron a emerger una pequeña maraña de mercenarios semiprofesionales a los que llamaron: Los Fontaneros.

Ex políticos, Gestores, antiguos funcionarios de justicia, picapleitos, ex policías, funcionarios a doble jornada, apesebrados cabreados, cargos de confianza mutantes que ahora lo eran y poco después no,periodistas y algún que otro cura formaban un elenco de fontaneros que podían saber todo lo que interesaba de las alcantarillas políticas y lo vendían a buen precio.
Seguimientos, investigaciones patrimoniales, escuchas y grabaciones telefónicas, captaciones, entrega y custodia de documentación comprometida. Durante un tiempo aquella población bajo las aceras contaba con un mercadillo confidencial.

Los representantes políticos se sentían acosados. Podían aguantar las denuncias, los insultos de los minoritarios grupos de vecinos que los abucheaban,pero lo que no podían aguantar era la desconfianza en los actos públicos, la mueca burlona de los inversores y los chistes de sus superiores políticos a costa de sus expedientes.

Un día un alto cargo de la administración decidió que lo de los fontaneros debía terminar de una vez por todas.

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