miércoles, 5 de enero de 2011

El mensajero del miedo.

Cuesta mucho hacerse un sitio en mi oficio. Resulta una labor de alto riesgo, de máxima eficiencia. Nunca puedes fallar. Buen estado de forma físico, nervios de acero, una frialdad absoluta y por supuesto un desapego hacia todo lo humano. Puedo contaros muchas anécdotas pero no serían nada divertidas, puedo aclararos muchos sucesos inexplicables pero no te lo creerías. Soy el mensajero del miedo, igual que aparezco me desvanezco por las alcantarillas o por el pequeño hueco de una ventana abierta. Mi aliento es pesado y ultimamente he dejado de fumar. El otro día me temblaba el pulso y comencé a preocuparme. Hoy mis manos son más firme que ayer.

Normalmente los medios para localizarme son absolutamente impersonales. A pesar de ello nunca te fallo, siempre estoy donde quieras que esté. Aseguro discreción absoluta y para muchos formo parte de otro planeta. Eso sí, mis emolumentos alcanzan cifras astronómicas o tal vez no. A veces lo barato resulta caro y otras determinados placeres no tienen precio. Podría contaros que tuve una infancia del maltrato. Es mentira. Nací así, nací con un don para mi trabajo. Lo realizo a las mil maravillas y punto. En mi país, mi profesora fue la guerra y me enseño muchas cosas, como producir el máximo daño posible con los mínimos recursos posibles, como devastar un edificio con un par de formulas químicas y unos pocos restos de combustible, como sumir en la oscuridad una población entera. Yo que sé, miles de trucos que aquí no podéis ni plantearos.

Golpeo y huyo. Desaparezco del lugar nada más ejecutar. Un pequeño grupo de ayudantes facilita mis pasos. Son gente fiel y seria. Son los únicos que pueden delatarme y a los que pago yo directamente. Tres personas de longeva experiencia. No puedo deciros más. Ya no se a lo que huelen las cosas. Determinadas situaciones han producido que mi pituitaria se atrofiara y prescindiera de ciertos olores que realmente no sirven para nada. Sólo para recordar lo miserables que somos. Tampoco escucho bien. El material con el que trabajo ha terminado por dañarme los timpanos y mi audición es ínfima. Notoriamente por debajo de la de una persona normal.

A pesar de mi falta de emotividad, a veces, unas pocas veces me asaltan pequeñas dudas. El lobo para el hombre que llaman ser humano no sabe comportarse. Por eso discrepo del cliente que me pide matar a este abuelete al que estoy encañonando con la pistola en la cabeza. Obviamente me he situado a su espalda. Una de las reglas de nuestro oficio es no mirar a la cara al objetivo. Así disparamos con más relajación  No entiendo tampoco que este abuelete se dedique a grabar conversaciones ajenas. ¿Qué sacara con todo esto? ¿En que libro del colegio no le explicaron que somos tan malos como cualquier animal? En fin, he terminado de contar hasta diez y la verdad es que la bala ha entrado limpia. Nadie merece sufrir.

Cuando he entrado en el coche , me ha sorprendido la limpieza del vehículo. Y efectivamente, las cintas bajo el asiento del acompañante. Para que guardarlas más lejos, siempre el lugar más visibles es el mejor escondite. Limpio con esmero cualquier rastro de mis huellas y como he venido desaparezco.  

Si molesto no volveré a hablaros de mis rutinas. Recordarlo soy el mensajero del miedo. 

Hasta pronto.

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